Supongo que al leer el título de este artículo, hay quien habrá pensado, ¡pero, qué exageración! Y puede que sea así, pero lo cierto es que la cámara de fotos que acabo de perder, por una desafortunada caída en una fuente, representaba para mí mucho más que un simple objeto.
Esta cámara me acompañó durante seis años intensos por numerosos lugares del mundo. Fuimos juntas de país en país, cruzando amplios océanos y subiendo o bajando latitudes del globo terráqueo. Se convirtió en mi acompañante más fiel durante los viajes, la que siempre estaba conmigo, arrebujada en mi equipaje de mano o en mi mochila, recopilando y recogiendo aquello que más llamaba la atención a mis ojos, como una especie de disco duro, una copia de seguridad de mi mirada. Fue ella la que hizo posible que las imágenes tomadas por mí aparecieran impresas en algún libro.
Juntas visitamos museos, iglesias y parques; con ella al hombro caminé por bosques templados o tropicales, junto a mares grises o turquesas. Ambas nos empapamos de los colores del mundo: del azul omnipresente de Chefchaouen al negro de una playa canaria o al mosaico multicolor de las ciudades coloniales de América. Ella preservó para siempre el esplendor de las Montañas Rocosas, la aridez multicolor del Desierto de Atacama, el gris gélido de los glaciares, el verde fresco de los primeros brotes o el morado aromático de los campos de lavanda. Vimos ciudades medievales, edificios futuristas, mercados alborotados, árboles gigantes, flores minúsculas, campos y dehesas, poblachos, grandes urbes y playas infinitas.
Con ella también me permití robar un trocito del alma de las personas, especialmente de las que quiero. Sus caras, sus ojos, sus sonrisas, las he guardado para mí, ya para siempre, gracias a ella.
Puedo decir que mi cámara murió en acto de servicio. Fue al finalizar una larga jornada descubriendo Fuendetodos, el pequeño pueblo que vio nacer a Goya, y los viñedos en los que crece la uva que ha otorgado al vino de Cariñena su preciada denominación de origen. Precisamente allí, en Cariñena, cuando ya caía la tarde, mi cámara se precipitó inadvertidamente, sigilosa y escurriéndose liviana de mi mochila mal cerrada, en la “Fuente de la Mora”, un monumento antiguo desde donde brota el vino en lugar del agua cuando la vendimia comienza.
No sé exactamente cómo ocurrió, si yo me despisté -¡cuánto lo sentí- o ella quiso tomar la iniciativa; quizás mi cámara viajera e inquieta simplemente sintió curiosidad, tal vez quiso asomarse por si algún rico caldo fermentado manaba de la fuente; prefiero pensar que dejó de existir -y por tanto, de acompañarme- de una manera lúdica y divertida.
En cualquier caso, vaya desde aquí mi agradecimiento, porque ese objeto, no muy grande, aparentemente simple, me ha permitido durante años observar mejor el mundo, fijarme en las personas que lo habitan, aprender e intentar comprender; pero también y sobre todo -aunque sea una vana ilusión- , congelar algunos trocitos de tiempo y atesorar en imágenes algunos momentos queridos de mi propia vida.
Madrid, noviembre de 2025
NOTA: dedicado a Esther, mi editora y amiga, que me anima a escribir lo que mi cabeza piensa.