Pichilemu, el bosque pequeño
Hasta 10 metros pueden alcanzar las olas que se forman en el Pacífico antes de romper en una espiral de espuma frente a la costa de Pichilemu. Estamos en el centro de Chile, en la costa de la región de O´Higgins, llamada así en homenaje al considerado como el padre de la patria chilena.
Pichillemu, que significa «bosque pequeño» en lengua mapuche mapudungún, extiende su extensa banda costera de norte a sur formando una larga sucesión de playas arenosas. Al final de esa larga franja, se eleva Punta de Lobos, un promontorio abrupto de gran belleza natural . Dotado de un magnetismo potente, atrae cada año a cientos de visitantes y amantes del surf.
ÍNDICE DE CONTENIDOS:
◎ Pichilemu, el bosque pequeño
◎ Punta de Lobos, "Reserva Mundial de Surf"
◎ Naturaleza y biodiversidad
◎ Puestas de sol
◎ Alojarse frente al Pacífico - Hotel Alaia
■ Mapa de Punta de Lobos
Punta de Lobos, «Reserva Mundial de Surf»
Y es que Punta de Lobos es cita obligada para los cazadores de olas, para aquellos que con sus ajustados trajes de neopreno se encaraman valientemente a las curvadas crestas de espuma cabalgando sobre ellas con equilibrios casi imposibles.
Aquí impera la cultura del surf: el contacto con la naturaleza, el ritmo de vida relajado, el afán de superación y la resiliencia junto a un poderoso sentimiento de comunidad.
En 2013, Punta de Lobos fue designada «Reserva Mundial de Surf», como parte de un programa de protección y conservación activa de los ecosistemas de zonas de surf y olas. De hecho, entre las localidades de San Antonio y Constitución, situadas respectivamente al norte y al sur de Pichilemu, hay 150 kilómetros libre de industrias, que se quieren preservar para no dañar el litoral y proteger el delicado ecosistema de la zona.
Como no podría ser de otra manera, en Punta de Lobos es fácil encontrar escuelas de surf. Los afanados principiantes prueban una y otra vez a subirse al lomo de las olas. Aunque el éxito es mediano, perseveran inasequibles al desaliento, ansiosos por ganar pronto la experiencia suficiente que les permita tomar las olas más grandes.
Naturaleza y biodiversidad
Visité Punta de Lobos en la primavera austral, cuando la vida junto al océano renacía en todo su esplendor. Era un día soleado, de temperatura suave; el viento no tenía la fuerza que otras veces hace crecer las olas hasta volverlas gigantes.
En los acantilados anidaban las gaviotas que incubaban en pareja los huevos de los que nacerían los futuros polluelos. Los dos islotes rocosos que dan nombre a esta punta costera – allí solían reposar los lobos marinos – estaba repletos de aves de distintas especies.
Vi volar ante mí familias de pelícanos perfectamente sincronizados, formando una letra uve en el aire. Los graznidos agudos de las aves interrumpían de vez en cuando el constante chocar del océano sobre el litoral rocoso y abrupto.
Los cactus, pinchudos y florecidos, iluminados por el sol, se agazapaban al borde del acantilado repleto de vida naciente.
El ambiente desprendía un aire marítimo, de lejanía -más allá de la costa, miles de kilómetros sin tierras habitadas-, de soledad reconfortante. La brisa acentuaba en la piel la sensación de libertad, de inmersión en lo natural y salvaje, lejos, muy lejos de las grandes ciudades que adoro, pero de las que es bueno de vez en cuando alejarse.
Puestas de sol
Cada tarde, se celebra un momento mágico en Punta de Lobos. Me gusta el ritual espontáneo de la puesta de sol, que atrae a personas de todo tipo y condición. Hay algo atávico, innato, en ese reunirse para ver como, un día más, el astro sol se esconde tras la línea del horizonte marino.
Aquí, en Punta de Lobos, la atmósfera se torna aún más especial en plena naturaleza oceánica. Mientras la esfera rojiza va bajando, las rocas reflejan los rayos de la hora dorada y el mar oscurece con algún destello rosado. El frescor del viento oceánico se acompaña por el runrún cíclico del mar que choca contra el acantilado.
Alguien instaló en la superficie rocosa y pelada una figura de un buda sedente, que aporta un toque espiritual y enigmático, al recortarse sobre el Pacífico en las últimas horas de la tarde.
Alojarse frente al Pacífico – Hotel Alaia
Hay un alojamiento muy especial en Punta de Lobos. En él tan solo pasé una noche y un día, aunque hubiera permanecido durante más tiempo antes de poner rumbo hacia los espléndidos viñedos de Santa Cruz y el Valle de Colchagua, otro de los atractivos de la región de O’Higgings.
Se trata del Hotel Alaia, perfectamente integrado en la franja costera, entre el camino que sube a Punta de lobos y la playa.
Sus edificios son de tipo bungalow, de madera, lineales y con amplísimas cristaleras que dejan entrar de lleno el paisaje tanto en las zonas comunes -restaurante, lounge– como en las habitaciones.
Los interiores son cálidos, elegantes y acogedores, preparados para una comodidad total mientras se contempla el entorno de arena, cielo y océano.
Los jardines arenosos del hotel están recubiertos de un tapiz verde y esponjoso de uña de gato, del que surge aquí y allá alguna flor luminosa. Dan acceso a una zona de terraza, a un hot tub y un bar de verano con acceso directo a la amplia playa de Punta de Lobos a través de un portón privado.
No, no es obligatorio alojarse en el Hotel Alaia para sentir la energía de Punta de Lobos, pero sin duda hará aún más especial la visita a este magnífico entorno costero.
Hotel Alaia
Camino a Punta de Lobos 681, 3221232 Pichilemu, O'Higgins, Chile
Tfno: +56 957015971
⦿ hotelalaia.com
Mapa de Punta de Lobos
Seguir leyendo:
◉ 10 Lugares que ver en Chile, un gran destino de viaje
◉ Qué ver y hacer en Puerto Varas, entre volcanes y lagos
◉ La Mano del Desierto de Antofagasta
◉ Valparaíso, la ciudad del arte urbano
◉ Desierto de Atacama: la leyenda de Licancabur y Kimal