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Desde el confinamiento: mi ventana indiscreta

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Rama con lluvia en un árbol de Madrid
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Desde el confinamiento: mi ventana indiscreta

No, no soy ni Grace Kelly ni James Stewart, pero desde que comenzó el confinamiento mi ventanal madrileño se ha convertido en mi particular ventana indiscreta. No ha sido algo buscado, no lo he podido impedir, simplemente, ha ido sucediendo. He desarrollado durante estos días un marcado e irresistible tropismo hacia los ventanales de mi casa. Han sido mi fuente de luz y de energía, mi vínculo principal con el mundo exterior y un desahogo visual hacia espacios más generosos. Junto a ellos he trabajado durante largas horas al ordenador, he leído y escrito, he contemplado las orquídeas de mi salón en plena floración y he descansado y dormido.

Ahora ya sé algo más de las vidas de mis vecinos, de estas personas de las que me separa apenas el ancho de una calle y de las que nada conocía. Ya sé de la joven pareja que arrulla a su bebé casi recién nacido. Un bebé afortunado que estará creciendo con el calor constante de unos padres atentos, dedicados a él por completo sin la distracción de otras obligaciones ahora impedidas. Dichoso sea.

También sé del joven fumador, sentado en la sillita de su pequeña terraza donde pasa largos ratos fumando y degustando cada bocanada de humo de su placer prohibido. Y de los dos señores de edad, tan parecidos y que salen juntos al balcón vestidos casi de la misma manera. Pienso que tal vez sean gemelos, dos seres indisolublemente vinculados desde los inicios más primigenios de su vida.

Y de otra pareja joven, amante de la lectura, que disfruta de un buen libro bajo el sol, armada con la seguridad y confianza de los que tienen aún tanto por construir en su vida. También sé de las dos señoras ya mayores que viven, cada una sola, en el edificio amarillo y en el de fachada rojiza. Nunca faltan a su cita de las 8 de la tarde. Ahora somos amigas. Me saludan con una sonrisa y un gesto de la mano al terminar de aplaudir y yo les devuelvo el saludo llevada en estos tiempos extraños por una corriente espontánea de simpatía.

He visto ambulancias pasar y he oído sirenas romper el silencio del atardecer. Y sus luces y sonidos han dejado un rastro de inquietud y desasosiego. Y he visto banderas con crespones negros ondear, llorando a los que ya hemos perdido. También he visto a la policía cantar para que el cumpleaños de una niña pudiera ser como debe ser a esa edad, simplemente feliz. Y he visto la cara de esa niña brillar. Dichosa sea.

He visto a perros, grandes o pequeños y con distintos pelajes, pasear con alegría por las aceras. Ahí están, ocupados en sus asuntos, ajenos a lo complicado de los tiempos, desconocedores de la enfermedad y de los sufrimientos que genera. Dichosos sean. He visto también al otro extremo de la correa a dueños afortunados por poder compartir con sus compañeros de cuatro patas bocanadas diarias de libertad y aire fresco.

He visto cómo los árboles de ramas desnudadas por el invierno han podido poco a poco despertar: primero con tímidas insinuaciones verdes y luego vistiéndose con brotes incipientes que día a día han ido multiplicándose y extendiéndose. Ahora el verde ya es franco y viste sin pudor de savia nueva el ramaje antes desnudo. Quizás nunca antes había podido mirar de manera tan pausada el despertar de la primavera en la ciudad, ni había comprendido tan bien cuáles eran sus sus ritmos y sus tiempos.

He visto el cielo, o el trozo de cielo que afortunadamente puedo ver, tomar mil apariencias distintas. He visto el cielo azul, limpio, brillante, tan propio de Madrid. Y en este mes de abril, le he visto mutar a menudo en un campo de nubes revueltas pintadas de todas las tonalidades de gris. Y he visto llover y a la lluvia golpear con fuerza mi ventana indiscreta.

Y esa lluvia ha sido benévola con los árboles que despertaban a la primavera. Y esas gotas han arrastrado con ellas reductos de suciedad y miserias por mucho tiempo atascadas. La humedad fina ha purificado el aire y fertilizado la tierra. Y yo simplemente pienso que el confinamiento debería ser mi lluvia.

Madrid, a 26 de abril de 2020


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