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Otros viajes, otras ciudades
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COLABORACIONES

Otros viajes, otras ciudades

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El Gran Khan ha soñado una ciudad; la describe a Marco Polo:

(…)

—Vete de viaje, explora todas las costas y busca esa ciudad —dice el Khan a Marco—. Después vuelve a decirme si mi sueño responde a la verdad.

 —Perdóname, señor: no hay duda de que tarde o temprano me embarcaré en aquel muelle —dice Marco—, pero no volveré para contártelo. La ciudad existe y tiene un simple secreto: conoce sólo partidas y no retornos.

Italo Calvino, LAS CIUDADES INVISIBLES

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Italo Calvino escribe para que el lector viaje, y, por momentos, se nos presenta como ese amigo viajero que ha vuelto de su última travesía y nos cita una tarde de domingo para contarnos acerca de las maravillas que ha conocido, pero Calvino, que sabe del poder de la palabra al servicio de la imaginación, no nos muestra decenas y decenas de fotografías o una serie de vídeos grabados en los momentos más espléndidos del viaje, simplemente, nos cuenta aquello que su imaginación ha vislumbrado, y lo hará hasta que el viaje se haga común para ambos; Italo Calvino sabe que hay viajes en los que fabular es condición añadida, no hay nada más, lo físico se pliega a las leyes que dicta la imaginación, la existencia de las cosas deviene del imaginario, no hay límites, no hay fronteras.

Kublai Khan ha descubierto el vacío que lleva consigo el poder; amo y señor de un vasto imperio siente que la conquista no garantiza la calma de espíritu, vive inquieto e intranquilo al descubrir que toda posesión esclaviza la voluntad, necesita conocer sin poseer, viajar sin conquistar, está harto de peticiones interesadas, de leer informes secos y áridos, de desfallecer en sesiones interminables, de debilitarse en el transcurso de embajadas aburridas, de vivir muriendo.

Marco Polo ha llegado hasta su corte con el espíritu limpio del que prefiere entender antes que conquistar, del que se entrega al intercambio porque desconfía de la posesión; viaja porque, además de comerciar enseres y vituallas, necesita comprender las complejidades de su mundo y ha hecho del asombro y de la curiosidad bastones en los que apoyarse.

Solo en la noche silenciosa de palacio se pueden encontrar ambos, solo el aliento de las plantas aromáticas del jardín, el parpadeo de las luciérnagas y el sonido apagado de las estrellas los lleva a la confidencia, el Khan se abre por entero a Marco, le habla de sus más recónditos temores y en un verdadero acto de humildad le pide ayuda, un remedio que alivie su desánimo.

Si esta escena tuviera un fondo de realidad, ni el Khan ni Marco Polo habrían sabido qué hacer y entre ambos no cabría otra cosa que el desencuentro, pero el escritor, Italo Calvino, será quien acuda en ayuda de los dos, él ha leído ese libro de prodigios y aventuras en los que una contadora de cuentos precisará de mil y una noches para salvar su vida y sabe que en él está el remedio que tanto ansía Kublai: fabular.

Marco se plegará a sus deseos (a los del Khan y a los del escritor) y nos contará acerca de esas ciudades que supuestamente ha conocido en sus viajes, ciudades todas ellas que en el mismo instante de ser verbalizadas nacen a nuestro conocimiento para ir desapareciendo al final de cada página, el emperador se da cuenta de que con esas narraciones puede viajar de nuevo, se entregará al encuentro con lo que no puede conquistar y será en las descripciones de Marco donde hallará la tranquilidad, en las ciudades que solo habitan en la cabeza del viajero veneciano, ciudades invisibles.

Y, a la vez, y al mismo tiempo, nosotros —lectores y viajeros— sentimos que viajamos en sus palabras porque paladeamos el gusto por lo desconocido, descubrimos el placer de lo misterioso y disfrutamos de la curiosidad por lo distinto:

En el viaje-lectura a través de LAS CIUDADES INVISIBLES fabula Calvino, fabula Marco Polo y, por descontado, termina fabulando el lector.

Manuel Cardeñas Aguirre



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