Hernán Cortés en Tayasal
Fue en el norte de Guatemala, en lo que fue Tayasal, una antigua ciudad maya, donde conocí la historia del caballo de Hernán Cortés. Yo había cruzado en barca el lago Petén Itzá, desde la Isla de Flores hasta San Miguel Petén. Allí se encuentran, aún en su mayor parte soterradas, las ruinas de Tayasal.
Al desembarcar, me topé con una escultura de piedra, algo tosca, que representaba un caballo. Quise averiguar por qué era importante ese caballo encabritado, esculpido en tonos grisáceos. Y descubrí que representaba ni más ni menos que al caballo de Hernán Cortés, el extremeño que en el siglo XVI atravesó el Atlántico y conquistó el imperio azteca. Pero, ¿qué hacían Cortés y su caballo por estos territorios?
La revuelta de Honduras
Resulta que Hernán Cortés pasó por Tayasal a su regreso de Hibueras, lo que ahora conocemos como Honduras. Allí había acudido desde Tenochtitlan -hoy Ciudad de México– para sofocar una sublevación de sus propios soldados. Fue una amarga traición impulsada por su fiel compañero de batallas, el capitán Cristóbal de Olid, a quien Cortés había encomendado una misión marítima de conquista.
En octubre de 1524 y arrebatado por la ira, el conquistador puso rumbo al corazón mismo de la revuelta. Le acompañaban unas tres mil almas -soldados, médicos, cocineros, sacerdotes y numerosos indígenas-. Hubo que atravesar la apretada y traicionera selva del trópico que aún hoy recubre el sur de México y el norte de Guatemala formando una valiosa reserva de la bioesfera.
En el camino, muchos perdieron la vida por circunstancias diversas, aunque el hambre jugó un papel primordial. En abril de 1526, Cortés retornaría a Tenochtitlan, acompañado por tan solo un centenar de personas de todas aquellas que iniciaron este triste epopeya.
Un caballo al cuidado del rey Canek
En su camino hacia Honduras, Hernán Cortés llegó a Tayasal. El español fue recibido con gran hospitalidad por el cacique maya Canek. Resulta que uno de los caballos de Cortés se había lesionado durante una cacería, probablemente por una astilla clavada en su pezuña. El animal era de color morcillo, negro con visos rojizos, y causó fascinación en el rey Canek quien nunca había visto un ejemplar de esta especie.
Puesto que Cortés debía continuar su viaje a Honduras, decidió dejar el caballo al cuidado del rey maya hasta su regreso. Canek aceptó y procuró al animal todo tipo de atenciones. Se le dieron carne y flores como alimento. Sin embargo, a pesar de los esmerados cuidados, el caballo murió.
¿LO SABÍAS?: Kan Ek o Canek significa en lengua maya "serpiente negra". Así se denominó durante siglos a los sucesivos gobernantes del pueblo maya. El primer Canek dirigió a su pueblo en la emigración desde Chichén Itzá (Yucatán) al lago Petén Itzá.
El caballo divino
Los mayas hicieron entonces una réplica de tamaño natural del caballo de Cortés. No se sabe con certitud si por devoción o por miedo a la ira del español, quien, por cierto, retornó a México por una ruta distinta. Se llamó al caballo Tzimin Chac («tapir dios de la lluvia y el trueno») y su estatua fue trasladada al templo, para su veneración como una auténtica divinidad.
En 1618, llegó a la zona el padre franciscano Juan de Orbita con el objetivo de cristianizar a los itzaes. Cuando descubrió que adoraban a aquella estatua, se enfadó profundamente y trató de destruir la imagen a golpes de piedra. La muchedumbre se precipitó sobre el religioso, que podría haber sufrido un auténtico linchamiento de no haber sido por la intervención Bartolomé Fuensalida, el otro franciscano que le acompañaba.
Ecos de leyenda
Se cuenta que, en una ocasión, la estatua del caballo hubo de ser trasladado en barca hasta otro enclave del lago Petén Itzá. Por circunstancias desafortunadas, el caballo cayó al agua y se hundió. Otros dicen que fueron los propios mayas los que lanzaron al caballo de piedra al fondo mismo del lago.
Cuentan algunas leyendas locales que el caballo sigue allí, sumergido bajo el agua dulce, y que su figura puede llegar a verse en los días claros. Se afirma incluso que algunos lancheros del lago Petén Itzá han escuchado los relinchos del caballo de Hernán Cortés en las noches de San Juan.
Lo que yo puedo decir es que me fascinó descubrir esta historia de manera inesperada, casi por casualidad, impulsada por la curiosidad de ver una estatua de un caballo en un lugar inusual. A poca distancia de allí, acababa de ver cómo los arqueólogos desenterraban pacientemente fragmentos de la antigua Tayasal engullida por la selva.
Y, como si hubiera dado un salto atrás en el tiempo, me emocionó saber que en aquel momento yo pisaba el mismo suelo que siglos antes acogió a Hernán Cortés, al rey maya Canek y a un bello caballo morcillo.
Mapa de localización de la estatua del caballo de Hernán Cortés
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