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Estocolmo, el síndrome de nieve

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Estocolmo, Suecia, nieve, invierno
COLABORACIONES, Suecia

Estocolmo, el síndrome de nieve

Estocolmo fue un vocablo desconocido durante gran parte de mi vida. Quizá se apareció en algún examen de geografía en la escuela secundaria o tal vez más tarde cuando, en el cine en la década de los ochenta, descubrí algunas películas de Ingmar Berman (El séptimo sello, Gritos y susurros, Sueño de una noche de verano, entre otras).  Sin embargo, Suecia y particularmente Estocolmo, su capital, eran sólo nombres muy lejanos.

Todo ello cambió a principios de 2005. Un vuelco de la vida nos puso en la órbita sueca, precisamente en su capital, Stockholm. La isla de los troncos, podríamos traducirla.

Estocolmo es una ciudad vieja, pero también moderna. Su núcleo, Gamla Stan (Ciudad Vieja), conserva el trazo y la fisonomía de siglos pasados (XVII y XVIII), pero la ciudad es más vieja aún, se conoce que funcionaba desde el siglo XIII (1252). Gamla Stan era una pequeña villa escudo que servía para proteger a Suecia de los ataques y el pillaje extranjero.

Suecia es un país frío, oscuro, lejos de los grandes centros urbanos europeos, es más, ya está en el Polo Norte. Esas fueron, más o menos, las primeras sentencias escuchadas por mis oídos, poco antes de decidir mudarnos a ese lejano sitio. En efecto, Estocolmo nos recibió una helada noche de enero del 2005, en medio de una gran nevada, con temperaturas bajo cero.

La oscuridad cortada por la luz pálida de las luces de la calle, era salpicada de grandes copos de nieve que caían sin cesar. Esa fue la primera imagen que recuerdo de Estocolmo. Como era de noche y estabamos cansados, pues el viaje desde la Ciudad de México duró más de 16 horas, ya que no hay vuelos directos, forzosamente se debe hacer una escala.

El invierno en Estocolmo es largo y contrastante. Diciembre y enero, desde mi punto de vista son los meses más oscuros (habría que añadir noviembre). La sensación es curiosa si, como nosotros, vienes de un país más cercano al ecuador de la tierra, donde las estaciones del año están más o menos diferenciadas por la lluvia o los grados de calor, y los cambios entre la duración de la noche y el día no varían mucho. Ese fue mi primer impacto con Estocolmo y sus días de invierno.

Al principio lo atribuí al jetlag (diferencia de horas +7 con México, D.F.), pero poco a poco me fui dando cuenta que la noche era realmente larga y la luz del día muy corta.

Oscurecerse a las cuatro de la tarde era una sensación extraña a la que mi cuerpo no estaba acostumbrado, pero poco a poco lo fue asimiliando, descubriendo con mayor detenimiento los entornos y la profundidad del campo de visión y ahí, fue donde la nieve cobró su mayor importancia.

La nieve en el invierno estocolmense, desde mi punto de vista, es fundamental para hacer de esta ciudad algo hermoso. La luz que se produce con su llegada, no sólo dota a la ciudad de un adorno bello, también es protagonista lúdico que ofrece múltiples opciones. Los niños son los principales beneficiarios. Viajes en pequeños trineos, patinaje, juegos en la nieve, vistas congeladas hermosas de lagos y de la ciudad. Tiene algunos inconvenientes, es cierto, sobre todo si no estás habituado, la nieve se hace hielo y éste es resbaladizo, el frío y los retrasos en el transporte público cuando hay tormenta, pero nada que agobie a la mayoría.

Una de las mejores vistas de Estocolmo la tiene el paseo de Mosebacke, en el barrio de Sodermalm. No importa en qué época del año. Aparte de ser el barrio bohemio, hippster u tros calificativos actuales sobre esta zona de la ciudad, a mi particularmente me gusta porque ha sido el escenaro ideal para las novelas de Stieg Larsson (La saga Millenium) y su heroína Lizbeth Salander.

Otra de las cosas que me gustó en el invierno de Estocolmo, es el disfrute de un buen café (Suecia es uno de los países de mayor consumo per cápita del planeta, 8,4 kilogramos por persona al año), acompañado de suculentos panecillos, galletas, pastelillos o simplemente sólo.

El invierno es largo, seis meses aunque varia su intensidad, pero la nieve es el componente que hace la diferencia. Otro aspecto es el sol. Una de las primeras cosas que me llamó la atención en el duro invierno estocolmense, fue la relación estrecha que tienen los suecos con el sol.

Una mañana de enero con un sol esplendoroso y una temperatura de cero grados (ni frío, ni calor, según rezan los chistes), disfrutaba de un café aromático en la cafetería del Casa de la Cultura (Kulturhuset) que se encontraba en uno de los pisos intermedios del edificio, desde donde se domina con claridad la Plaza Sergel (Sergel Torg), la más importante de la ciudad, sobre todo en el aspecto político, ya que ahí tienen lugar la mayoría de las grandes manifestaciones o protestas públicas o individuales.

En una pequeña explanada, justo enfrente de la Casa de la Cultura, había entonces (2005) una serie de bancas de madera colocadas de tal manera que recibían el sol de la mañana. Con la temperatura a cero grados y el sol brillando, me impresionó ver a un grupo de estocolmares tendidos sobre las bancas recibiendo los rayos solares sobre sus caras, con los ojos cerrados y estirando sus cuellos. Escenas parecidas ocurren en balcones, parques o explanadas.

Estocolmo es una ciudad pequeña, pero reune todos lo componentes de una gran urbe. Infinidad de museos, grandes parques, con una gran variedad de actividades, gastronomía, tecnología, entre otras cosas. A sus ciudadanos, el frío y la oscuridad no les asustan, por el contrario, han diseñado toda una variedad de opciones para disfrutar del largo invierno. El verano es otra cosa y de ello podremos escribir en otra ocasión.

Jocke, Madrid septiembre del 2020.


Fotografías por Jocke & Ilyana Guzmán


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De este autor...

Periodismo de opinión durante más de 20 años, los últimos 5 también escribiendo cuentos cortos y colaborando en Yukali Página Literaria. Voz del podcast Yukali. Pasión por los viajes, especialmente los culinarios. Mexicano en Madrid.

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