Un relato (real) de viaje…
El vuelo está a punto de despegar con rumbo a Panamá. Poco a poco, los pasajeros han ido dejando su equipaje en los compartimentos superiores y ocupado sus asientos. Parece que el avión saldrá en hora. Todo se desarrolla como de costumbre. A mi lado se sientan dos chicos jóvenes a los que calculo poco más de veinte años. De repente, una de las encargadas de la facturación del vuelo -recuerdo que le he enseñado mi tarjeta de embarque y pasaporte antes de pasar al finger que conectaba con el avión- se acerca a mis compañeros de fila, les pregunta si viajan juntos -ellos responden que no- , su nacionalidad -son de Nicaragua- y les pide sus pasaportes. Ojea brevemente los documentos, se los devuelve y, tal y como ha venido, se va.
Al cabo de pocos minutos, hay cierto revuelo en la zona del avión donde me encuentro. Las azafatas hablan entre ellas. La encargada de facturación se dirige a otros dos jóvenes, de pelo rizado, piel oscura, diría que africanos, aunque no podría asegurarlo. Les señala que no pueden estar en este avión, que deben abandonarlo inmediatamente. Ellos parecen no comprender, o quizás simplemente no quieran. El personal del avión insiste en que recojan su equipaje, si es que tienen, y que bajen de la aeronave. Los dos jóvenes no preguntan demasiado, balbucean unas palabras en inglés, apenas se resisten y toman el pasillo hacia la salida. Uno de ellos vuelve al poco tiempo para sacar una maleta de mano que había almacenado en el compartimento superior y vuelve a marcharse. No les volvemos a ver.
Sin embargo, algo sigue pasando. Las azafatas cuentan de nuevo el número de pasajeros, yendo y viniendo por los pasillos. La encargada de facturación consulta unas notas en papel y mira su móvil. Algo sigue sin cuadrar. Inspecciona las filas. Al parecer, alguien falta de un asiento de la fila 43. El resto de pasajeros seguimos la escena con atención, sin entender muy bien qué ocurre, aunque algo intuimos. Algunos se miran con incredulidad, otros se inquietan porque la salida del vuelo se retrasa y tienen que conectar en el aeropuerto de Panamá. De repente, una azafata señala la puerta del servicio: su indicador rojo delata que está ocupado. La azafata golpea la puerta- “¿Hay alguien?”, pregunta. Al parecer una mujer se encuentra dentro. Comprendo que sospechan que quizás sea ella la pasajera de la fila 43. La mujer sigue dentro, la mujer no sale, realmente, no quiere salir. La avisan de nuevo, ella no quiere dejar esa especie de guarida claustrofóbica donde parece sentirse injustificadamente a salvo. Las azafatas comienzan a impacientarse, llaman de nuevo a la puerta. Esta se entreabre. Desde mi asiento, sólo escucho una voz, no veo quién está dentro. El personal del avión insiste. Por fin la mujer sale del habitáculo. Tiene la piel morena, pero no tanto, el pelo ondulado y negro. Le calculo una treintena de años. Va arreglada, con top y falda y las uñas puntiagudas pintadas de un rosa intenso. Sujeta un teléfono móvil con una funda de brillos. Veo su cara, no es agresiva. Más bien diría que está intimidada. Se dirige de nuevo a su asiento y allí se acomoda.
No, esto no ha terminado. Vuelve, preocupada, la encargada de facturación. Mira y comprueba unos papeles. Definitivamente, la pasajera no puede ir en este avión. Ella también debe salir inmediatamente. Se le pide que se levante del asiento de la fila 43. Ella dice que no, que no se levantará. Habla en inglés. Explica que le han dejado pasar al avión y que tiene una Green Card, mientras muestra una tarjeta de plástico al personal del avión. Que cuál es el motivo por el que se le invita a salir, a perder este vuelo a Panamá. La encargada dice que tiene órdenes de que abandone inmediatamente el avión, que se han recibido indicaciones expresas, que el motivo se lo explicarán fuera de la aeronave las autoridades pertinentes. La pasajera se sigue negando, pregunta una y otra vez por qué. La tensión crece, la mujer ya tiene la voz quebrada, se nota que está al borde del llanto. Que le ha costado muchísimo, dice mientras emite un grito ahogado. Solloza, no quiere irse, no se puede ir. Sigue en su asiento, como si este fuera su punto de anclaje al mundo. El personal de vuelo indica que se avisará a la Guardia Civil. Los minutos pasan. Ya van más de cuarenta desde la hora programada de despegue. Hay que seguir esperando a que este incidente se resuelva.
Al poco rato cruzan la puerta del avión dos agentes de la Guardia Civil. Se acercan a la pasajera, hablan con ella en tono suave y sosegado, le invitan a salir, le explican que no hay otra alternativa. Ella, ya al borde del ataque de ansiedad, sigue sin moverse del asiento. Ellos guardan la compostura. Una azafata abre el compartimento superior, extrae de él el troley plateado de la pasajera. “Lo sacamos fuera del avión”-indica-“tiene usted que salir”. Ya no hay otra opción: uno de los guardias agarra sin violencia el brazo de la pasajera para que se levante del asiento. Ella solloza amargamente, como si le estuvieran arrancando algo muy preciado. Está claro que ella no solamente pierde un vuelo, seguramente se está despidiendo de una gran oportunidad. ¿Cómo ha llegado hasta este avión? No lo sé. Pero quizás ha pagado por ello una suma de dinero, enorme para sus posibilidades. De lo que no cabe duda es de que su voz y su rostro son puro reflejo de angustia y desesperación. Ella pierde mucho. Como he dicho, no sé exactamente el qué.
Entre tanto, el tiempo ha pasado. Ahora el avión saldrá con una hora de retraso. Mi joven compañero de fila, un chico simpático, se preocupa: ha volado desde Roma a Madrid, ahora tiene que llegar a Panamá a tiempo para su conexión con el vuelo final a Managua. Yo también he pensado que quizás pierda el transporte que me ha de llevar desde el aeropuerto de Tocumen a un comodísimo hotel del centro de la ciudad de Panamá. Pero no lo digo, no quiero decirlo, no puedo decirlo. Ya me las apañaré: tengo un pasaporte europeo, potente, y una tarjeta de crédito en orden. Si es eso todo lo que yo pierdo, está bien. Me da que hoy algunos han perdido, ante mis propios ojos, mucho más, quien sabe si todo un futuro. El comandante avisa por megafonía de que el vuelo está a punto de despegar. Pide disculpas por el retraso, que, según indica, se ha debido a un alto volumen de problemas de documentación en el día de hoy. Es una manera de decirlo…
La pasajera de la fila 43 también se ha publicado en la página amiga Yukali Página Literaria. No dejes de visitarla y de recorrer sus diferentes secciones.
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Querida Aetheria, esto es una novela(seguro q no soy la primera que te lo dice) este texto requiere continuidad. Aqui hay una historia .. que espero anhelante.
Querida Cristina, la verdad es que no había pensado en la continuidad. Sí me he preguntado más de una vez qué historia habría detrás de ese hecho que presencié antes de que el avión despegara. Pero una novela son palabras mayores… ¡Muchas gracias siempre por pasarte por el blog y leerlo! Vuelve cuando quieras. Un abrazo viajero.