Antofagasta y la tradición minera
En el llamado Norte Grande de Chile, la ruta 25 parte desde Calama, la ciudad minera que hace de puerta de entrada al desierto de Atacama, en dirección a Antofagasta, situada a orillas del Pacífico. La carretera transcurre por el paisaje yermo de la pampa, entre el altiplano y la costa oceánica. Extenso y sin vegetación arbórea, apenas se ven pueblos habitados en este paraje tan árido e inhóspito, de tierras oscuras y color indefinido entre el gris y el marrón.
En cambio, a un lado y otro de la carretera aparecen cada pocos kilómetros indicios de la gran actividad minera de la zona: grúas, plantas de extracción, fumarolas que ascienden hacia el cielo a través de la calima desértica, vagones o trenes para transportar materiales y mineral. Algunas de las instalaciones son asombrosamente extensas, como la mina Spence, fuente de enormes cantidades de cobre en la comuna de Sierra Gorda, que ha obligado a desviar el propio trazado en línea recta de la ruta 25.
Un camposanto y ruinas en la pampa
Unos 12 kilómetros después de pasar la pequeña localidad minera de Sierra Gorda, con su sencillo trazado en cuadrícula, algunos bares y comercios dignos pero sin ninguna pretensión y una iglesia adornada con una torre metálica de color rojizo, que no hace sino resaltar más el carácter industrial de la zona, aparece lo que queda del llamado Pique Chela, hoy totalmente abandonado. Fue inicialmente depósito de agua para los ferrocarriles, cuando este territorio pertenecía a Bolivia a finales del siglo XIX, y más tarde se reconvirtió en balneario y lugar de recreo para las familias pampinas más pudientes.
Poco después, se divisa a mano izquierda de la ruta 25 una peculiar e inquietante parcela. No tiene cerco y resalta como una línea densa y oscura sobre la gran extensión del paisaje yermo rematada por algunas elevaciones montañosas.
En su interior se concentra un bosque de pequeños cercos y cruces desordenadas, hechas de madera sencilla, de color uniforme, sin fechas ni inscripciones. Algunas de ellas, quizás de familias menos humildes, son de hierro. Lucen sin más adorno que el del color pardo del metal oxidado, a juego con los tonos del desierto. Desnudas y despojadas, surgen directamente de la tierra, atravesando la dura costra salina que recubre el suelo reseco. Cada una de ellas marca el lugar donde fue enterrado uno de los cerca de tres mil apestados que allí reposan desde las primeras décadas del siglo XX.
Ruinas de poblados salitreros
Este camposanto de planta rectangular se encuentra a unos 5 kilómetros antes de llegar a las ruinas de lo que fue el extenso poblado minero Pampa Unión. Se construyó en 1911 como una de las oficinas que se abrieron en la zona para la explotación del salitre, el llamado «oro blanco» rico en nitratos que se utilizó en todo el mundo como fertilizante natural. Famoso fue durante décadas el nitrato de Chile, que se anunciaba en España en forma de paneles cerámicos con la imagen de un jinete subido a lomos de su caballo.
En Pampa Unión se instaló un sanatorio que atendió a los accidentados y enfermos de las salitreras contiguas entre 1911 y 1930. Un poco más adelante, en la conjunción con la Ruta 5, se pueden visitar las instalaciones de otra oficina salitrera, la de Chacabuco. Fue una de las más grandes de la época con cerca de 5.000 habitantes. Llegó a tener escuela, mercado, teatro y hotel. Es también tristemente famosa por haber servido de centro de detención de prisioneros políticos entre 1973 y 1975 durante la dictadura militar chilena.
Tal y como se cuenta muy bien en el Museo Ruinas de Huanchaca de Antofagasta, la vida en los poblados no debió ser nada fácil para los miles de hombres y mujeres que los habitaron desde finales del siglo XIX hasta la crisis económica de 1930. En un entorno hostil y duro, de aislamiento, aridez y tierra seca, el pragmatismo de lo cotidiano y el espíritu de supervivencia debieron de regir el día a día de los habitantes de las salitreras. También por ello mismo surgió la solidaridad y el socorro mutuo entre vecinos.
Las pestes del desierto
El denominado Cementerio de los Apestados surgió de la necesidad de enterrar, alejadas de las poblaciones salitreras y por miedo al contagio, a las víctimas de las muchas epidemias que asolaron la región minera a principios del siglo XX. Se dice que la primera de estas oleadas llegó en 1903 con el vapor SS Columbia, procedente de San Francisco. Este había hecho una parada en El Callao, Perú, donde numerosas ratas transmisoras de la peste bubónica subieron al barco. En cada escala posterior, de Iquique a Valparaíso, las ratas desembarcaron del llamado «barco maldito», propagando con sus pulgas la enfermedad. Pero fue en Antofagasta, puerto principal de la industria salitrera, donde la epidemia tuvo sus consecuencias más devastadoras.
Las sucesivas plagas asolaron despiadadamente la región durante cerca de 20 años. Por barco o por ferrocarril, llegaron nuevas epidemias además de la peste. La fiebre amarilla, el tifus, la viruela o el sarampión hicieron una fuerte mella en la población de las oficinas salitreras. Fue en 1912 cuando comenzó la construcción del cementerio de los apestados, que llegaría a recibir entre esa fecha y 1929 a varios miles de víctimas de las terribles infecciones.
Epidemias infantiles
Este cementerio no es ni mucho menos el único de sus características que se levantó en la pampa del salitre. Sin embargo, tiene la triste particularidad de que la mayoría de las tumbas que allí se encuentran son de niños de corta edad. Es por ello que al Cementerio de los Apestados se conoce también como el Cementerio de los Niños. La enfermedad se cebó con los más pequeños, en una época en la que aún no se disponía de antibióticos. Hay que pensar que la penicilina, primer antibiótico de uso amplio en medicina, tan sólo sería descubierta por Alexander Fleming en su laboratorio del hospital St Mary’s de Londres en 1928.
(foto vista en el Museo Ruinas de Huanchaca)
Aún recuerdo como mi abuela Concha, mujer menuda, práctica y decidida, rezaba todas las noches por el autor de semejante descubrimiento. Con apenas tres años de edad había perdido a su madre, mi bisabuela, por culpa de una infección aparentemente sin importancia que se convirtió en septicemia. Con la medicina de Fleming, hubiera podido salvar la vida. Con la medicina de Fleming y otros antibióticos que surgieron después, los niños de las salitreras no habrían poblado tan masivamente el Cementerio de los Apestados, donde yacen olvidados, tan sólo acompañados por viejas cruces de madera desgastada en medio de la inmensidad desoladora del desierto.
"El norte del que yo hablo es el norte del alma ese cartografiado en la piel de la cara el que habita conmigo el que tengo por casa mi altar es una piedra y mi patio es la pampa" Hermán Rivera Letelier. Canto al Norte.
Mapa del Cementerio de los Apestados y ruinas
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Muchas veces paso por esta carretera y veo a un costado del camino estos cementerios abandonados y trato de imaginar como era la vida de esos años. Hoy nos preocupamos cuando nos contagiamos de alguna enfermedad sabiendo que encontraremos los medicamentos en una farmacia, en cambio en esos años no se podía hacer mucho, más que esperar el desenlace y que lo más probable sería la muerte, para luego dejar los cuerpos abandonados en cementerios que hoy están olvidados. Gracias por compartir con nosotros esta interesante historia.
Muchas gracias, Gino, por leer el artículo y por comentarlo. Viajando por esa zona de Chile me di cuenta de lo dura que debió ser la vida para muchos de los que vivieron allí. Escribir sobre ello es una manera de recordar a todas aquellas personas que tuvieron menos privilegios que nosotros. Un cordial saludo.