“Si buscas flores sencillas,
hay en el valle violetas
y gamarzas amarillas
y estrelladas tijeretas
y olorosas campanillas”.
José María Gabriel y Galán. Castellana.
***
La imagen:
Agazapada en un extremo del norte de Cáceres, entre Salamanca y Portugal, se esconde una comarca de una belleza singular. Es Sierra de Gata, un territorio de montes y valles, de pueblos pintorescos y gentes amables, bendecido por el agua que fluye ágil y fresca por ríos, arroyos y regatos. Estamos en los campos que rodean Villasbuenas de Gata, junto al embalse del Rivera de Gata, afluente del río Árrago. El sol del mediodía lanza sus rayos verticales sobre un mar de flores silvestres que colorean el paisaje con sencillez y armonía. Blancos, amarillos suaves y naranjas combinan de manera natural con violetas y morado oscuro. Sin planearlo, sin saberlo siquiera, estas flores humildes forman una paleta cromática que embelesa y cautiva.
Nada se oye, apenas el zumbido de un insecto ebrio de polen y néctar. En las manos queda el olor del cantueso y de sus hojas aromáticas. Una brisa muy ligera, casi imperceptible, ondula suavemente la superficie mansa del embalse. Más atrás, las colinas moteadas por robles y encinas abren el paso a los montes más altos, desde donde atalayas y castillos defendieron en otros tiempos estas tierras fronterizas. El cielo azul de primavera, sólo interrumpido por unas nubes de paso, se perpetúa reflejado en la lámina de agua. Siguiendo un estrecho camino, aparece otro lugar de agua tranquila, la charca de Buen Hombre. En sus orillas, recostados sobre los pastos colmados de agua, descansan los terneros casi recién nacidos junto a sus madres de pelaje cobrizo. El campo está precioso y en armonía. Es un estallido de color, un rotundo tributo a la vida.
La palabra:
Salmantino de corazón extremeño, así se ha definido en alguna ocasión al poeta José María Gabriel y Galán (1870-1905). Hijo de un padre terrateniente y una madre muy aficionada a la poesía, estudió magisterio, profesión que ejerció por poco tiempo. Tras su boda en Plasencia con Desideria García Gascón, se instaló en Guijo de Granadilla, para administrar El Tejar, uno de los latifundios de la familia de su esposa. Fue allí donde descubrió el embrujo del campo cacereño, las costumbres locales y los usos de las gentes.
Plasmó en poemas sus sensaciones y vivencias campestres, así como su contacto con la vida campesina. La naturaleza, su transformación a través de las estaciones y su estrecha relación con el transcurrir de la vida humana -las alegrías, las penas y los amores- tuvo también un gran protagonismo en su obra. “Y mientras gozas del vago / rumor de aquel ancho lago / de móviles verdes tules /yo una corona te hago/de clavelillos azules.”
Villasbuenas de Gata
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