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Madrid: una visita al Museo del Romanticismo

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ARTE Y MUSEOS, MADRID

Madrid: una visita al Museo del Romanticismo

Un testigo del siglo XIX en el centro de Madrid

¿Te apetece retrotraerte durante unas horas al siglo XIX? ¿Quieres pasearte por salones de baile, cuartos de música, comedores lujosos, gabinetes o boudoirs? Hay en el centro de Madrid un precioso museo que recrea los usos y costumbres de esa época histórica llamada Romanticismo. También recopila pinturas y numerosos objetos de artes decorativas. Se encuentra en la calle San Mateo, en un antiguo palacete de fachada rojiza.

Hacía ya años que quería haber visitado el Museo del Romanticismo y de manera casi inesperada ayer mis pasos me llevaron hasta allí. Estuve abstraída durante un largo rato disfrutando de las habitaciones decimonónicas perfectamente decoradas, con un gusto exquisito y claramente alejado del mimalismo. Además, el final de la visita tuvo premio, pero eso lo contaremos al final de este artículo. Entremos ahora en el Museo.

Benigno Vega-Inclán, el fundador

El fundador del museo fue Benigno Vega-Inclán (1858-1942), Marqués de Vega-Inclán, quién aportó su colección personal de pintura, mobiliario y objetos de artes decorativas. Contó con el apoyo de destacadas personalidades, como Ortega y Gasset, para que su proyecto de museo que se hizo realidad en 1924. El museo se denominó inicialmente Museo Romántico, pero tras la gran reforma realizada en 2009 paso a llamarse Museo del Romanticismo.

El palacio del Marqués de Matallana

La sede del Museo del Romanticismo es el Palacio del Marqués de Matallana. Fue construido en estilo neoclásico castellano para el general Rodrigo de Torres y Morales (1687-1753), I marqués de Matallana, por Manuel Martín Rodríguez. Manuel era sobrino y discípulo de Ventura Rodríguez, uno de los principales arquitectos españoles del siglo XVIII.

Al atravesar el portón de entrada, se accede a un zaguán decorado con espejos y grandes búcaros de colores. Aparece a continuación a un gran distribuidor. Al frente se adivina un pequeño patio tras una puerta de cristal, a la derecha se encuentra la taquilla y a la izquierda la escalera de madera que conduce al piso superior, donde se disponen las diferentes salas del museo.

Escritos en color burdeos sobre las paredes claras de la escalera se pueden leer versos de poetas románticos como Larra y Zorrilla o como estos que siguen:

➰➰

¡Oh, cuál te adoro! Con la luz del día
su nombre invoco apasionada y triste,
cuando el cielo en sombras se reviste
aún te llama, exaltada, el alma mía!

OH, CUÁL TE ADORO
1845
Carolina Coronado

➰➰

Un viaje costumbrista por 26 salas

El Museo del Romanticismo está concebido como una casa-museo. En el piso superior se distribuyen 26 salas que, en un recorrido circular, nos van introduciendo a los usos y costumbres y a la historia de la época a través de pinturas y objetos. Cada habitación es una delicia visual y tiene un color propio, azul, rojo, verde, ocre, con el que entona el mobiliario y la cuidada decoración.

La primera sala a la que llega el visitante tras subir la escalera es el vestíbulo, en el que domina el color verde. Ese es también el color de la segunda pieza, la antesala. Está presidida por un gran cuadro «Isabel II dirigiendo una revista militar» de Charles Poiron, del que se guarda otra pintura ecuestre de la reina en el Museo del Prado. Y es que la época artística del Romanticismo se sitúa en España durante el reinado isabelino (1833-1868).

El salón de baile

A la antesala le sigue un primer antesalón en tonos ocre y a éste el gran salón de baile. Sin duda es la pieza más lujosa y espectacular del museo. Es un salón dedicado plenamente a la vida social y, por tanto, al lucimiento. Abundan los oros, las sedas, las porcelanas y los brocados, dando una sensación de opulencia. La sillería de caoba resalta con la tapicería rosa que se hace eco del tono de las paredes enteladas.

Destacan también los grandes retratos: ellas posan de manera distinguida, mientras ellos hacen gala de su estatus social. El gran arpa, de decoración neogótica y típicamente romántica, aparece como una pieza central de este gran salón. Un poco más allá, un piano que fue construido especialmente para la reina Isabel II por la casa Pleyel de París, empresa que sigue existiendo desde su inauguración en 1807.

El salón de baile da paso al último de los salones, un segundo antesalón, decorado en tonos azules. Menos formal que el anterior, está pensado para tertulias y partidas de juegos.

Las habitaciones privadas

Las salas que siguen pertenecen al ámbito más privado de la familia: hay una salita en tono azul oscuro, un amplio pasillo y un oratorio, el original del palacio, al que volveremos más adelante. El precioso comedor está decorado en blancos y azules. En esta pieza se servía la cena siguiendo las normas de etiqueta. Sobre la mesa cuelga una lámpara de la Real Fábrica de Cristales de La Granja. La vajilla que luce sobre la mesa procede de París. Una chimenea de mármol daba calor al comedor familiar en los días más fríos.

El boudoir, una habitación privada e íntima donde la señora de la casa recibía a sus visitas más cercanas o se dedicaba a costura u otras labores es la primera de las habitaciones femeninas. Le sigue la alcoba femenina con una gran cama estilo imperio y un gran dosel. El tocador está lleno de objetos de cuidado y belleza, como peines y frascos diversos. Hay también un amplio cuarto de juego de niños con multitud de detalles infantiles.

Las estancias masculinas empiezan con un gabinete de trabajo dedicado a la figura de Larra y una sala dedicada a las tertulias artísticas, a la literatura y al teatro, con retratos de Bécquer o el Duque de Rivas en las paredes. En esta sala se conserva una cómoda que fue de la poetisa romántica Carolina Conrado (1820-1911), tía del también escritor Ramón Gómez de la Serna.

Siguen una exótica sala de fumar con reminiscencias árabes, y un gabinete donde recibir a las amistades y mantener conversaciones durante largas veladas amenizadas por el pianoforte. Junto al gabinete se encuentran el dormitorio masculino, mucho más sobrio y funcional que el femenino, y un despacho de estilo inglés con muebles de caoba.

La sala de billar y la serre

También hay una sala de billar con una gran mesa de juego, otro lugar marcadamente masculino para sociabilizar cerca de los salones más nobles de la casa. Se solía jugar después de comer para ayudar a la digestión y pasar un rato de asueto.

Además, el gusto por las plantas y la naturaleza fue una característica romántica. Por ello la estufa o serre era un espacio destinado a todo tipo de plantas, especialmente a las exóticas, que daban prestigio a la casa. Como no podía ser de otra manera, la casa-palacio también disponía de ese espacio verde en su interior.

Objetos de artes decorativas

Uno de los puntos fuertes del Museo del Romanticismo son los objetos de artes decorativas de la época romántica. En las diferentes salas se pueden ver bibelots, porcelanas, relojes de pared, cajas de música, espejos o muebles de marquetería que formaban parte de la historia de cada familia. En la sala de juegos de los niños hay muñecas, recortables y soldaditos de plomo. A mi me encantaron los pequeños carnets de baile expuestos en el boudoir, que eran indispensables para las damas aristocráticas de la época.

Hay algún objeto especialmente curioso, como el aritmómetro de madera y metal. Este objeto es el sucesor de la máquina calculadora construida por Gottfriend Liebniz en 1694 y el antecesor de las calculadoras electrónicas.

En la estufa o serre hay vitrinas en las que se guardan piezas de cristal y opalina de la Real Fábrica de Cristales de La Granja y vajillas de la Real Fábrica de Sargadelos o de La Cartuja de Sevilla. Junto a ellas, se despliega un bonito y original biombo-linterna mágica de origen francés. Cada una de sus tres hojas rectangulares presenta cuatro cristales traslúcidos con escenas coloreadas.

La colección de pinturas

Las pinturas y los cuadros expuestos en las paredes son otro denominador común en todo el recorrido. Dan una buena idea de los gustos artísticos y de las modas del momento. Tras el segundo antesalón se accede a dos salas que no hemos mencionado anteriormente: la de los costumbristas andaluces, que pintaban escenas típicas como las corridas de toros. También hay otra sala dedicada a los costumbristas madrileños.

En la sala del billar, una estancia típicamente masculina, las paredes verdes están decoradas con retratos de damas, realizados por pintores como Federico de Madrazo. Esta colección de retratos nos permite apreciar los peinados, las joyas y los vestidos de la época romántica. Algo parecido ocurre con los retratos de caballeros que decoran las diferentes salas.

La sátira del romanticismo

Al entrar en la sala dedicada a Larra, me fijé en un pequeño cuadro que me pareció distinto del resto de obras de la sala. Representa a la «Sátira del suicidio romántico», que ironiza sobre los excesos románticos de la época. En él se ve a un hombre famélico, con aspecto enloquecido, que se lanza al vacío llevando un puñal en la mano. Aparecen también objetos alegóricos del romanticismo como la pluma del escritor y la calavera. El cuadro forma pareja con el cuadro «Sátira del suicidio romántico por amor», que también está en el museo. Su autor es Leonardo Lenza y Nieto quien los pintó en 1839.

El Goya de la colección

Pero la mayor joya pictórica del Museo del Romanticismo es el Goya que preside el oratorio del palacio. Representa al papa San Gregorio y fue realizado entre 1796 y 1799. Era propiedad particular del Marqués de Vega-Inclán, el fundador del museo, quién lo cedió a la colección.

La tienda

Al finallizar el recorrido circular, las escaleras decoradas con versos nos llevan de nuevo a la planta baja. Ubicada junto a la entrada del museo, la tienda ofrece numerosos objetos y recuerdos de estética romántica. Hay pañuelos floreados, marcapáginas con delicados dibujos, cajitas decoradas, abanicos…. Hay también una selección de postales y de libros de corte romántico. Al poeta Gustavo Adolfo Bécquer se le ha dedicado una colección de joyería.

El jardín y el café

Y justo frente a la tienda aparece un pequeño café de forma rectangular, decorado con mesas y sillas metálicas de un suave tono verde. Al fondo, en la barra alta, se exponen tentadoras las tartas del día: fresa, chocolate, merengue y limón…

A la izquierda de la barra hay una pequeña puerta de acceso al exterior. Y tras ella aparece el regalo inesperado de fin de visita: ¡un pequeño y coqueto jardín urbano presidido por una fuente con angelote! Nada más relajante que disfrutar de un capuccino en este remanso de paz, mientras la retina va asimilando el precioso viaje visual recién realizado a la época romántica.

Se puede acceder al café sin necesidad de visitar el Museo. Me he prometido volver pronto a este patio madrileño, a por una tarta y un buen café, ¡este museo ha sido todo un descubrimiento!


[Saber más]: Benigno Valle-Inclán no sólo fue el artífice del Museo del Romanticismo. Creó el Museo Sorolla y recuperó las casas de Cervantes y El Greco para reconvertirlas en casas-museo. Fue también el creador de los Paradores de Turismo. El primer establecimiento de la red fue el Parador de Gredos, inaugurado en 1928 bajo el reinado de Alfonso XIII.


Museo del Romanticismo
📍Calle de San Mateo, 13, 28004 Madrid
📞 +34914481045; @ informacion.romanticismo@cultura.gob.es
🌐 museoromanticismo.mcu.es
🕑 M-S, de 9:30 a 18:30 (20:30 de mayo a octubre); D y festivos, de 10:00 a 15:00; L, cerrado
€ Entrada 3€; reducida 1,5€; entrada gratuita los sábados a partir de las 14:00. Ver detalles de tarifas.
🚇 Alonso Martínez (L4, L5, L10), Tribunal (L1, L10)
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(2) Comentarios

  1. Qué ganas tengo de conocer este museo. Y es imperdonable no haber ido aún, porque soy de Madrid, de toda la vida, jaja. Igual por eso no lo conozco aún, porque siento que lo tengo ahí siempre, y no tengo prisa. Un saludo!

    1. aetheria says:

      ¡Gracias por comentar, Cris! Nos pasa a todos: a veces conocemos menos lo que tenemos más cerca. Yo estoy aprovechando este tiempo de movimientos restringidos para ir tachando mi lista de «pendientes» de Madrid. Creo que el Museo del Romanticismo te gustará: además de muy interesante, es realmente precioso. ¡Ah, y no te olvides de un capuccino y una tarta en el jardín! ¡Saludos!

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