AETHERIA TRAVELS
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2021, mi año en viajes
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Flores del Jardín de Monet en Giverny

Dedicado a mis compañeros de viaje, reales o virtuales

Nunca he escrito (hasta hoy) un balance de los viajes de un año, quizás por falta de tiempo o porque suelo mirar más hacia delante que hacia atrás. La cuestión es que este año, sin duda más tranquilo en cuanto a viajes que los anteriores a esta pandemia que a veces parece no tener fin, he decidido recapitular los lugares que he conocido o redescubierto durante este 2021 y que tal vez puedan servir de inspiración viajera.

Invierno

Enero comenzó tranquilamente en Madrid, mi ciudad, a la que volveré a hacer mención más adelante en este texto. Frío, cielos azules y sol, a veces algo de lluvia, paseos, poco a poco el mes avanzó hacia febrero. En el segundo mes del año puse rumbo a Extremadura por carretera. Fue una escapada corta siguiendo en cierto modo los últimos pasos del Emperador Carlos V por aquellas tierras. Fue volver a Jarandilla de la Vera y pernoctar, como lo hizo el Emperador, en el castillo-palacio de los Condes de Oropesa, hoy Parador Nacional de Turismo. Fue redescubrir el pueblo serrano de Cuacos de Yuste y ver a lo lejos las montañas de la Sierra de Gredos aún recubiertas de nieve. Fue volver otra vez al sorprendente y conmovedor Cementerio de los Alemanes y al cercano Monasterio de Yuste, donde murió el Emperador. Esta escapada fue un balón de oxígeno, de aire fresco e ilusión, tras semanas de cotidianidad invernal.

Naranjos en el jardín del Monasterio de Yuste
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⚪️ El Cementerio de los Alemanes de Cuacos de Yuste

Primavera

La Semana Santa fue madrileña, con tan sólo una escapada cercana a un lugar al que no volvía desde niña y que apenas recordaba: Aranjuez. Me cautivaron su Palacio y, sobre todo, sus jardines que se abrían a la primavera. Fue todo un placer estético pasear entre fuentes afrancesadas, pérgolas románticas y estatuas de corte mitológico con el sonido de fondo de los pavos reales y las aguas del Tajo. ¡Pensé que no puede sorprender que este Real Sitio sea parte del Patrimonio Mundial!

Estatuas del Jardín de la Isla de Aranjuez

En junio volví a Valencia. Es una de mis ciudades favoritas de España. Es lo suficientemente grande para tener una oferta cultural atractiva, pero no tanto como para perder la escala humana y la posibilidad de “patearla” como se merece. Combina edificios históricos, como la preciosa Lonja en estilo gótico civil o el rococó del Palacio del Marqués de Dos Aguas, con otros de diseño contemporáneo como la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Santiago Calatrava. Tiene mar, playas, y restaurantes en los espigones del puerto, como la terraza Panorama, abierta y con amplias vistas al Mediterráneo y al cielo que sobre él se posa. Y luego, y siempre, está la luz, tan cálida, anaranjada y mediterránea, la que refleja en muchos de sus cuadros el gran Sorolla.

Detalle de la fachada rococó del Palacio del Marqués de Dos Aguas

Verano

Días después de volver de Valencia, ya oficialmente en verano, tocó más Mediterráneo. Esta vez más lejos, hacia el este, rumbo a las Islas Griegas. Un avión lleno de pasajeros enmascarados y con ganas acumuladas de libertad voló sobre el mar y me trasladó junto a mis compañeros de viaje hasta la isla de Santorini. No era mi primer contacto con esta isla semicircular, formada por los restos de una caldera volcánica sumergida. Pero sí fue un viaje de descubrimiento mucho más profundo, pues mi primera visita años antes fue fugaz, lo que dura una escala de crucero.

Iglesia con cúpula azul en Oia, Santorini, Grecia
Iglesia de cúpula azul en Oia
Buganvilla naranja en Megalochori, Santorini, Grecia
Buganvillas en Santorini

Fueron esta vez 5 días intensos de casas blancas, calles estrechas y buganvillas, iglesias de cúpulas azules, navegación y puestas de sol gloriosas. También, más allá de los archifamosos Oia y Fira, fue el tiempo de pueblos interiores como Pyrgos, nuestro hogar en la isla, de ruinas arqueológicas y de antiguas ciudades construidas en alturas imposibles, de comidas en tabernas griegas y cenas compartidas bajo el cielo estrellado en nuestra pequeña casa cíclada. Fue en cierto modo un viaje liberador, necesario tras tantos meses sin volar, un punto de inflexión hacia la promesa de espacios más abiertos.

Atardecer sobre el mar visto desde Fira, Santorini, Grecia
Las esplendorosas puestas de sol de Santorini
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Julio transcurrió entre los calores madrileños. Agosto permitió un interesantísimo viaje en coche dividido en etapas, eso que en inglés se llama road trip y que a mi me encanta porque me interesa tanto el camino como la llegada. ¿El destino? La rica región francesa de Normandía. Fueron días de sol y luz, con muchas horas para descubrir y explorar. Saliendo de Madrid, hicimos etapa en Saintes, una ciudad francesa que alberga un gran legado romano. De ahí, ya de lleno en Normandía, siguieron el enigmático y bello Mont Saint Michel y cerca, en Granville, la casa museo de Christian Dior, normando de nacimiento.

El inconfundible perfil del Mont Saint Michel

Llegó después el turno de las playas del desembarco y los grandes cementerios de guerra americano y alemán, que encojen el corazón. Visité Caen y las elegantes localidades costeras de Cabourg y Deauville. También Honfleur, cuna de artistas como el gran Erik Satie, y fuente de inspiración para muchos pintores impresionistas. Le Havre y su arriesgada arquitectura, los acantilados de Étretat, la vertical catedral de Rouen o el pueblo histórico de Lyons-La-Forêt fueron otros de los puntos de parada. Todo ello sin olvidar las degustaciones gastronómicas y la ruta de los quesos normandos. La guinda final del viaje fue sumergirse en los maravillosos jardines de la casa de Monet en Giverny. ¡Flores y belleza pura! En el camino de vuelta, la alegría añadida de reencontrar buenos amigos en Tours y en Angers.

Los acantilados de Étretat
Flores de los jardines de la casa de Monet en Giverny
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El final de agosto también deparó una escapada improvisada, que resultó todo un acierto. En dirección noroeste, la primera parada fue en Las Médulas y su asombrosamente bello paisaje. Un paraje no natural, cincelado por la explotación minera llevada a cabo por aquellos romanos sedientos de oro. Fue pasear por la Senda de las Valiñas, al amparo de las picudas formaciones de tierra roja, dar cuenta de la rica comida de El Bierzo y contemplar desde el Mirador de Orellán cómo la tarde pintaba aún más dorado el paisaje.

Las Médulas desde el Mirador de Orellán en la comarca de El Bierzo, León
Las Médulas desde el Mirador de Orellán
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Tras una noche de descanso en Villafranca del Bierzo, la carretera nos llevó hasta Galicia, una tierra muy especial que no había vuelto a pisar en demasiados años. Con la excusa de conocer el recién inaugurado Parador Costa Da Morte, un elegante hotel de diseño con magníficas vistas, nos dirigimos hacia Muxía, que nos presentó envuelta en misteriosas brumas su faro, tan blanco, su Santuario de la Virxe da Barca y sus murales de arte urbano. Hubo tiempo también para regresar a lo que era el fin del mundo romano, a Finisterre, y pasear junto a las rocas por senderos de delicada vegetación estival. También de recorrer la pequeña ciudad marinera y saborear junto al puerto los deliciosos frutos del mar y de la huerta. En el camino de vuelta a Madrid, aún hubo tiempo para hacer una parada en Urueña, la villa del libro, y contemplar los campos de Valladolid vestidos de agosto.

Fao de Finisterre
Puerto de Muxía
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Septiembre abrió las puertas a un nuevo viaje a Bruselas, un lugar al que he vuelto en numerosas ocasiones en los últimos años invitada por una de las mejores anfitrionas que conozco. Junto con las visitas anteriores, esta última me permitió poner juntas las piezas del puzzle que conforman Bruselas y comprender aún mejor la esencia de esta ciudad, actual corazón de Europa. Los días se llenaron de largos paseos por la Bruselas tradicional y moderna, por su centro más turístico y sus barrios residenciales más elegantes, por su Barrio Europeo y su impresionante legado Art Nouveau, por sus frondosos y románticos parques, por las tiendas de gaufres o los restaurantes y tiendas de diseño más trendy. Bruselas engaña, es como si se quisiera presentar más simple de lo que es y luego, poco a poco, te va atrapando.

Grande Place de Bruselas, Bélgica
Detalle de uno de los edificios de la Grande Place de Bruselas
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Otoño

Cuando ya octubre otoñeaba de lleno y las vides rezumaban de uvas maduras, fue el momento de acercarse a la Ribera del Duero. Fue una visita de arquitectura con las bodegas de diseño Portia y Protos, de historia, de pueblos y de paisajes. También de vendimia, de uvas prensadas, catas y caldos nuevos. Me quedo con los maravillosos colores de las vides en otoño y con las conversaciones y risas compartidas en torno a buenos vinos.

Bodegas de diseño, vides en Bodegas Portia por Norman Foster en la Ribera del Duero
Viñedos de las bodegas Portia
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⚪️ Arquitectura y vino: cuatro bodegas de diseño

Noviembre me llevó de vuelta a Zaragoza. Fueron unos pocos días ventosos, pero de cielo muy azul, dedicados a descubrir o reconocer lugares de la ciudad. Por fin pude visitar el interior de la Seo, que me pareció magnífico, y ver por primera vez la Iglesia de San Pablo. Estos dos templos son, junto con el Palacio de la Aljafería, los lugares de Zaragoza que forman parte del mudéjar aragonés Patrimonio de la Humanidad. Volví a recorrer las callejuelas del centro histórico, el Tubo y sus muchos bares de tapeo, el Paseo de la Independencia, con sus tiendas y soportales, y recorrí el Museo Goya-Museo Camón Aznar, con una ecléctica y bien hilada colección de pinturas y grabados del antes, durante y después de Goya. También subí por primera vez a una de las torres de la Basílica de El Pilar desde donde pude ver Zaragoza como nunca lo había hecho antes.

Vista desde la torre mirador del Pilar de Zaragoza

Madrid

El año ha ido avanzando. Y entre viaje y a viaje, a diario e igualmente importante, como una amiga leal, ha estado Madrid. Llevo años diciendo que me fascina viajar, visitar países cercanos o lejanos, ver lugares y gentes diferentes, pero que a mí, donde me gusta vivir es aquí, en Madrid, mi ciudad. Sigo observando que, sí, es una ciudad abierta, donde el anonimato es para mí un plus, donde se puede turistear, cámara en mano, como si fueras un visitante recién llegado. He paseado por sus calles, por sus barrios, tan diferentes entre sí, sola o en compañía. Desde el Templo de Debod hasta las Vistillas, desde el barrio de las Salesas hasta la Puerta del Sol. He buscado vistas y panorámicas, en el Cerro del Tío Pío o en el nuevo mirador junto al Palacio Real. He visitado cafés, exposiciones y museos, redescubierto arte urbano y multitud de pequeños o grandes detalles arquitectónicos.

Panorámica desde el mirador del Palacio de Comunicaciones
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⚪️ Exposiciones: Anna-Eva Begman, Georgia O'Keeffe

Cerca, muy cerca, ha estado el que yo considero mi parque, El Retiro, marcando el tiempo y las estaciones, con un estallido de flores en primavera, un manto protector verde en verano, pintándose de pardos y ocres en otoño y desnudándose hacia los grises al comenzar el invierno. He paseado sus caminos y veredas, despreocupadamente o, a veces, con alguna preocupación. He redescubierto sus habitantes de piedra, que rememoran a personajes ilustres o mitológicos, y visto a sus visitantes reales, mayores y pequeños, deportistas o pausados, solos o acompañados, alegres, tranquilos e incluso a veces llorosos. Y es que en el parque, si se mira bien, se ve pasar la vida.

Rosas del Monumento a Benito Pérez Galdós en El Retiro
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⚪️ De Cajal a Cortezo: las estatuas de médicos ilustres del Parque de El Retiro

⚪️ Imagen y Palabra: la Rosaleda de El Retiro


Lejos o cerca, viajar no es, en definitiva, una cuestión de kilómetros. Es una actitud, un estado de ánimo, un deseo de observar y de conocer, es la curiosidad de sumergirse por un tiempo más o menos corto en universos distintos.

Tan importante como el viaje es quién nos acompaña y con quién lo compartimos, antes o después. Por ello, acabo este balance viajero con sincero agradecimiento: a mis compañeros de viaje por multiplicar mi alegría ante los nuevos descubrimientos, y a vosotros, mis acompañantes virtuales, que tenéis la paciencia de leer lo que he aprendido y sentido, y que me permitís, mientras escribo, rememorar y disfrutar cada viaje de nuevo.

¡Que el Nuevo Año nos traiga a todos ese espíritu de ilusión y descubrimiento!


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(2) Comentarios

  1. Cristina says:

    Magnífico resumen. Tanto letra como la musica que aporta la fotografia. Muchas gracias por dedicar tiempo a estas cosas que nos hacen felices y nos arrancan una sonrisa a tus compañeros virtuales de viaje. Mis mejores deseos a todos quienes compartimos estos intimerarios contigo.

    1. aetheria says:

      Querida Cristina, tus palabras son el mejor regalo que puedo recibir en este fin de año. Gracias por leer estos viajes, lejanos o cercanos, por tu apoyo y por tus ánimos para seguir esta aventura de escribir e ilustrar con fotografías. Me encanta poderlo compartir. ¡Mis mejores deseos para un 2022, que espero te llene de ilusión!

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